viernes, julio 07, 2017

Cuatro por el precio de uno


Pasé horas escogiendo ese vestido de florecitas antes de verte. Mientras me lo quitaba supe, que si hubiera entendido lo que quiso decirme tu sonrisa, no sentiría ahora ese calor entre las piernas. No tendría que hacer el amor con mi esposo, pensando en ti, chico de los dientes bonitos.

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Tenía 12 años y un vestido blanco con flores azules, pequeñitas. Las mangas abombadas y una cinta en la cintura. Me lo puse para la fiesta y me sentí bella. El me miró cuando entré. La chica que faltaba mucho a clases, llegó unos minutos más tarde. Ella tenía un pantalón ajustado y un top que dejaba ver su barriga planita. Ambos se sonrieron, bailaron y nunca se separaron. Yo estuve parada a un lado mirándolos todo el rato. No esperé a que me recojan, regresé sola caminando a mi casa. Lloré. No volví a usar vestidos con bobos.

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No sé para qué me demoré tanto para escoger ese vestido azul de flores chiquititas, si me lo sacó unos segundos después de abrirme la puerta. Luego de mirarle el culo durito a través del espejo, me he dado cuenta que todos nos vemos más lindos calatos.


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Se sacó el vestido todavía húmedo con los fluidos de su ex, luego de hacer el amor. Lo hizo una bola y lo guardó al fondo del último cajón de su cómoda. Ahora va a poder olerlo todas las noches, todos los días de su ausencia.


viernes, junio 02, 2017

Los ojos son el espejo del alma


Cada semana, ensayo una nueva forma de taparme las ojeras y las bolsas que tengo bajo los ojos. Hasta ahora, ninguna funciona. Les pongo poquito corrector y otro día, más. Uso un color clarito,  luego otro más oscuro. Combino dos tonos. Aplico en forma de triángulo invertido o hago puntitos. Difumino con brochita, con esponjita, con mis dedos. Pero se ven igual que siempre, gordas, triunfantes. Parecen haber estado ahí toda la vida, o por lo menos, puedo verlas en fotos que datan como de 20 años atrás. Aunque en esa época yo no las notaba, no las odiaba, no quería taparlas. Hoy no las quiero y no sé cómo desaparecerlas. Igual no voy a rendirme.

Leí que debía probar con un corrector rojizo que neutralice su oscuridad. ¿Teoría del color?... Así es que una vez más, me paré frente al espejo y tomé esa paleta que como casi todo mi maquillaje, compré por manía y encontré un color salmón que me pareció perfecto. Empecé a aplicarlo bajo mis ojos despacito, en poca cantidad. Noté que se veía muy rojo. Traté de frotar para que se disipara el color tan fuerte, pero solo conseguí acentuarlo e inflamar más mis bolsas. Jalé un trocito de papel higiénico y al tratar de limpiarme con él, solo expandí la rojez hacia mis mejillas. Quise llorar al darme cuenta que dentro de mis ojos, las venitas se habían puesto rojas también, como si fueran a explotar. Esas ojeras podían ser odiosas pero jamás creí que me harían llorar sangre, pensé casi sonriendo en el medio de mi llanto. Me empezó a faltar el aire, parecía como que luces se apagaban…

Lo último que pude ver en el espejo fueron las bolsas bajo mis ojos rojas, hinchadas como panes franceses, sangrantes, que casi me cegaban. Entonces supe que era el fin. Me habían vencido.

jueves, marzo 23, 2017

Confieso...

...
que a veces no te contestaba el teléfono a propósito. No sabía ya qué decirte. Me habían comunicado de varias formas que mis cosas te hacían mal, que mis pequeños problemas como un resfrío, algo que se me malograba, una pelea con alguien, te preocupaban demasiado. Que además te dañaba mi distancia física. Supongo que debí ser más fuerte y encontrar mis mejores palabras para consolarte o hacer inagotable mi cinismo, para pretender que tenía la vida perfecta y darte la tranquilidad que necesitabas. Pero no podía, porque vivimos como 30 años diciéndonos todas las verdades.

Tu voz había cambiado tanto que dolía. Ese timbre agudo diciendo “buenas tardes” que tantas veces quise imitar, había desaparecido. Tantas veces te había llamado cuando la vida era buena. O cuando no lo era tanto y tantas veces me rescataste, me sentaste en la silla frente a ti, me convidaste un café, me convenciste de seguir intentando. La voz ronca que lograbas sacar con esfuerzo, al final, me hería.

Tanto sufrimiento nos rodeó al final, tanto silencio, tanta lágrima, tanta mentira, que pensar en la muerte se hizo natural. El viejo cliché de que necesitabas, o necesitábamos, un descanso, se hizo realidad. Al menos yo lo pensé. No se tú, pues ya no me confiabas nada. Creo que al final todos nos rendimos. O cuando nos rendimos llegó el final, no sé qué fue primero.  Tu muerte ha sido solo un descanso físico, porque ese dolor de vente padecer no se me va nunca.

Quisiera ir a verte a tu oficina mamá, que me ofrezcas café con galletitas.

viernes, abril 15, 2016

Mi hijo, el retador


A, el bebé que nació prematuro y sin cejitas es hoy un jovencito alto y fuerte de 13 años. Yo siempre creí que sería artista. Le canté canciones desde que nos conocimos. Le compré pinturas, papeles, lápices, crayolas, colores, acuarelas, pinceles y cartulinas especiales. Ganó concursos de artes pláticas en primaria, mi niño lindo. Tenía una imaginación desbordante y yo le seguía divertidísima todas sus fantasías. Preparábamos la fiesta de cumpleaños de Superman, le destruíamos sus planes a Lex Luthor, viajábamos en naves espaciales, yo parada en la cocina moviendo las ollas, el saltando en la sala con el disfraz de turno. El de Superman por supuesto era su favorito. Tan favorito que lo usaba todo el día y hasta para salir a la calle. Igual, una capa de disfraz de príncipe lo convertía en mosquetero, un pañuelo mío en pirata, un casco de construcción en astronauta. Lo llevé al cine desde los tres años y en casa aunque nunca hemos tenido cable, siempre hemos estado suscritos a esas compañías para ver películas. Le encantaban los libros, tanto de ficción como de ciencia, pues era fanático de los dinosaurios y de los experimentos. Hicimos mil manualidades para casi cada festividad en el calendario, Navidad, Pascua, Halloween, día del padre o la madre. Amaba los cuentos. No pretendí imponerle nada, hice lo que creo que todos los padres hacemos naturalmente, les enseñamos a nuestros hijos a través de nuestro estilo de vida.

Creo que la última vez que hicimos conejitos de Pascua con rollos de papel higiénico tenía 11 años y ya no fue muy feliz. Entendí que ya se había graduado de eso. Teníamos un libro de cuentos muy grande, pesado, con ilustraciones lindas que le regaló su Abu cuando pequeño. Siempre me pedía leérselo y creo que ese año también fue la última vez que lo hice.  Muchas cosas cambiaron en él cuando entro a la escuela de enseñanza media pero nunca dejó de ver cine y de leer. Se enamoró de las peliculas de Yurasic Park, conoció Star Wars, las de súper héroes de Marvel y DC Comics y también la saga de Rocky (Sí, Rocky Balboa).

Yo soy una persona muy pacífica. Una renegona pacífica. No soporto las armas, estoy en contra de todas las guerras. Evito siempre las peleas. No me gustan las películas de acción, no tolero ver gente golpeándose. No me impresionan las grandes escenas de explosiones o escapes armados, es más, me molestan. Pero a A siempre le parecieron interesantes.

Pero volvamos a Rocky. Rocky I, II hasta la V o VI y Creed también. La historia de Balboa lo encandiló a tal punto que comenzó a hablarme mucho del boxeo. Quería practicarlo. Mi primera reacción fue de rechazo total. Le dije que me parecía un horrible deporte y que no me hable del asunto. De hecho, él ya estudia artes marciales y me parecía suficiente con eso. Pero insistía. Una noche vino diciéndome: ¿“Nunca has sentido dentro de ti que hay algo que quieres hacer, con muchas ganas, y sientes que lo puedes hacer bien, pero no te dejan?. Con eso, me tiró a la lona. Él no lo sabe, pero quise llorar, porque se me pasó mi vida entera frente a los ojos. Todos los “no” que recibí cuando tímidamente dije que quería ser artista, escritora. Me sentí mal. Le dije que lo pensaría.

Mi ego se ha estado revolviendo por semanas. Yo quería que mi talentoso A sea un artista. Ok, ya, sino entonces, un científico. Él había dicho Paleontólogo alguna vez. Ok, ya, lo que sea, pero que no golpee, que no lo golpeen!!. ¿Qué hice mal? Me he preguntado muchas veces. También me he reído. Ok, tiene 13, no es para tanto… Vamos, sí lo es, es mi hijo querido! Y se trata de lo que le guste a él, no de lo que me guste a mi. No de lo que yo quiera. No de lo que a mi me haga sentir bien. Su vida, es de él yo solo debo guiarlo. Esta vez se me hizo duro de aceptar aquello que siempre he proclamado, la libertad de ser.

Él ha hecho su parte estudiando mucho como le pedí y sacando buenas notas, entonces mi parte ha sido darle la oportunidad de practicar box con un amigo de la familia, que es entrenador. No será parte de ningún equipo, ni competirá (en este país todo lo toman tan en serio y es difícil que en algo no se compita!!!) pero está aprendiendo los movimientos, haciendo mucho cardio, dándole duro a un saco de boxeo. Será una actividad de verano. Ese ha sido mi justo medio. No se qué más me va a traer la vida con él, pero deseo que sea feliz y nunca cortarle las alas.

Cómo dijo un ministro de economía, qué Dios nos ayude.

viernes, enero 08, 2016

Recuerdo

Me gustaba besarme con mi mejor amigo. A él le gustaba mi sexo de vellos escasos y delgados. Me decía que odiaba a las mujeres peludas y los calzones grandotes, de vieja, mientras hurgaba en el mio pequeño, suavecito. Yo no sabía casi nada, pero siempre tuve buen gusto para la ropa interior. A mí me encantaban su boca, su cabello largo, sus dedos, su voz grave, su forma lenta de pronunciar las palabras, de decir mi nombre y de gemir de placer, aunque nunca me penetrara. 

viernes, diciembre 11, 2015

Cuando tenía

Cuando tenía quince años, el abandono del parque era bueno para manosearse. Era bueno para fumarse un cigarrito, para esconder una chata, para reírse porque aunque ya teníamos diecisiete, seguíamos siendo jóvenes y hermosos. Flacos y altos. Lacios y despeinados.
Así quisiera que empezara mi historia. Pero ya estoy vieja. Me cuesta dejar el abrigo de casa y ya no necesito un parque para que me toquen, para bajar la arrechura. Tengo una casa, una cama y sábanas suaves. No tengo quien quiera tocarme.
Tenía el cabello lacio. Ya no. Ojalá me hubieran advertido que con la edad todo cambiaba. Me hubiera dejado de criticar tanto frente al espejo. El cabello se ondea, te lo estiras con una plancha. La barriga crece, la piel se marchita. Uno ya no siente nada cuando recuerda la última vez que tuvo sexo. Cuando andaba despeinada y usaba la misma ropa casi siempre, la falda larga de flores, la camiseta blanca de hilo, se me hacía un hueco en el pecho cuando recordaba su pene y sus ganas. Cuándo me preguntaba si la humedad era mía, suya o de los dos. Cuando tirar en la parte de atrás de su carro era la cosa más buena.
Hoy quise salir al parque a pesar del frío. El césped luce verde y parejito, los arbustos están perfectamente recortados. Hay un espacio con arena para que los perros hagan su mierda. Cuándo me escondía con M entre las matas crecidas, descuidadas, espinosas, el lugar era básicamente un terral. Yo le decía a mi madre que practicaba vóley después del cole para justificar la suciedad de mi ropa, especialmente del pantalón de buzo azul que era la prenda más fácil de deslizar.
Me siento en una banca y enciendo un cigarrillo, tranquila, no tengo a quien rendirle cuentas. Traje una lata de chela, ahora las tengo siempre en la refri, ya no tomo ron. Bebo, me refresco y recuerdo la sonrisa de M. Ubico el arbusto más gordo, tiene forma de oso y me escondo atrás. Con una ramita, empiezo a escarbar la tierra. Hago un hueco poco profundo, decido utilizar mis dedos. Mejor las manos. Sigo escarbando. Tengo las uñas negras, siento calor. De cuando en cuando me detengo para ver si alguien me observa. El lugar está desierto. Sigo escavando. De chica escuché que si cavaba un hueco suficientemente hondo, llegaría a la china. O tal vez me vuelvo Alicia y llego al país de las maravillas. Voy encontrando piedras, las tiro a un lado, mi hoyo esta profundo y húmedo. No quiero llegar a la China ni encontrarme con conejos. Quiero encontrar el ridículo anillo que me dio M un día, cuando dijo que estaríamos juntos para siempre. Lo lancé al terral. Antes de que me acostara con su mejor amigo. Mucha tierra, abonos, semillas, chibolos arrechos, alcaldes, garúas y lunas han pasado. Un silbido me saca del trance. Serenazgo. Me levanto y corro ligera, como cuando era joven y hermosa. Lacia y alta. Cómo si me llevara la energía sideral de un buen porro. Me como la mugre de entre mis uñas mientras huyo. Y me rio.



sábado, julio 25, 2015

Carnívora

Soñé que te tenía al frente. Luces diferente. Ya no escondes los ojos ni disimulas la sonrisa. Me das un beso en la mejilla. Seco. Te veo incluso más bajo, ya no el hombre gigante de mis historias. Quisiera enseñarte mis pijamas transparentes de puta buena que nunca uso. Una es rosada y se me pueden ver los pezones. La otra es cremita. Ambas son muy suaves. Cortas y suaves y jamás las uso. Es que no son para dormir, exactamente. Tal vez entonces mirarías abajo, disimulando la sonrisa. Y yo te atacaría como un tiranosaurio. Te muerdo y te desangro.