jueves, marzo 23, 2017

Confieso...

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que a veces no te contestaba el teléfono a propósito. No sabía ya qué decirte. Me habían comunicado de varias formas que mis cosas te hacían mal, que mis pequeños problemas como un resfrío, algo que se me malograba, una pelea con alguien, te preocupaban demasiado. Que además te dañaba mi distancia física. Supongo que debí ser más fuerte y encontrar mis mejores palabras para consolarte o hacer inagotable mi cinismo, para pretender que tenía la vida perfecta y darte la tranquilidad que necesitabas. Pero no podía, porque vivimos como 30 años diciéndonos todas las verdades.

Tu voz había cambiado tanto que dolía. Ese timbre agudo diciendo “buenas tardes” que tantas veces quise imitar, había desaparecido. Tantas veces te había llamado cuando la vida era buena. O cuando no lo era tanto y tantas veces me rescataste, me sentaste en la silla frente a ti, me convidaste un café, me convenciste de seguir intentando. La voz ronca que lograbas sacar con esfuerzo, al final, me hería.

Tanto sufrimiento nos rodeó al final, tanto silencio, tanta lágrima, tanta mentira, que pensar en la muerte se hizo natural. El viejo cliché de que necesitabas, o necesitábamos, un descanso, se hizo realidad. Al menos yo lo pensé. No se tú, pues ya no me confiabas nada. Creo que al final todos nos rendimos. O cuando nos rendimos llegó el final, no sé qué fue primero.  Tu muerte ha sido solo un descanso físico, porque ese dolor de vente padecer no se me va nunca.

Quisiera ir a verte a tu oficina mamá, que me ofrezcas café con galletitas.