viernes, junio 02, 2017

Los ojos son el espejo del alma


Cada semana, ensayo una nueva forma de taparme las ojeras y las bolsas que tengo bajo los ojos. Hasta ahora, ninguna funciona. Les pongo poquito corrector y otro día, más. Uso un color clarito,  luego otro más oscuro. Combino dos tonos. Aplico en forma de triángulo invertido o hago puntitos. Difumino con brochita, con esponjita, con mis dedos. Pero se ven igual que siempre, gordas, triunfantes. Parecen haber estado ahí toda la vida, o por lo menos, puedo verlas en fotos que datan como de 20 años atrás. Aunque en esa época yo no las notaba, no las odiaba, no quería taparlas. Hoy no las quiero y no sé cómo desaparecerlas. Igual no voy a rendirme.

Leí que debía probar con un corrector rojizo que neutralice su oscuridad. ¿Teoría del color?... Así es que una vez más, me paré frente al espejo y tomé esa paleta que como casi todo mi maquillaje, compré por manía y encontré un color salmón que me pareció perfecto. Empecé a aplicarlo bajo mis ojos despacito, en poca cantidad. Noté que se veía muy rojo. Traté de frotar para que se disipara el color tan fuerte, pero solo conseguí acentuarlo e inflamar más mis bolsas. Jalé un trocito de papel higiénico y al tratar de limpiarme con él, solo expandí la rojez hacia mis mejillas. Quise llorar al darme cuenta que dentro de mis ojos, las venitas se habían puesto rojas también, como si fueran a explotar. Esas ojeras podían ser odiosas pero jamás creí que me harían llorar sangre, pensé casi sonriendo en el medio de mi llanto. Me empezó a faltar el aire, parecía como que luces se apagaban…

Lo último que pude ver en el espejo fueron las bolsas bajo mis ojos rojas, hinchadas como panes franceses, sangrantes, que casi me cegaban. Entonces supe que era el fin. Me habían vencido.

jueves, marzo 23, 2017

Confieso...

...
que a veces no te contestaba el teléfono a propósito. No sabía ya qué decirte. Me habían comunicado de varias formas que mis cosas te hacían mal, que mis pequeños problemas como un resfrío, algo que se me malograba, una pelea con alguien, te preocupaban demasiado. Que además te dañaba mi distancia física. Supongo que debí ser más fuerte y encontrar mis mejores palabras para consolarte o hacer inagotable mi cinismo, para pretender que tenía la vida perfecta y darte la tranquilidad que necesitabas. Pero no podía, porque vivimos como 30 años diciéndonos todas las verdades.

Tu voz había cambiado tanto que dolía. Ese timbre agudo diciendo “buenas tardes” que tantas veces quise imitar, había desaparecido. Tantas veces te había llamado cuando la vida era buena. O cuando no lo era tanto y tantas veces me rescataste, me sentaste en la silla frente a ti, me convidaste un café, me convenciste de seguir intentando. La voz ronca que lograbas sacar con esfuerzo, al final, me hería.

Tanto sufrimiento nos rodeó al final, tanto silencio, tanta lágrima, tanta mentira, que pensar en la muerte se hizo natural. El viejo cliché de que necesitabas, o necesitábamos, un descanso, se hizo realidad. Al menos yo lo pensé. No se tú, pues ya no me confiabas nada. Creo que al final todos nos rendimos. O cuando nos rendimos llegó el final, no sé qué fue primero.  Tu muerte ha sido solo un descanso físico, porque ese dolor de vente padecer no se me va nunca.

Quisiera ir a verte a tu oficina mamá, que me ofrezcas café con galletitas.