viernes, diciembre 11, 2015

Cuando tenía

Cuando tenía quince años, el abandono del parque era bueno para manosearse. Era bueno para fumarse un cigarrito, para esconder una chata, para reírse porque aunque ya teníamos diecisiete, seguíamos siendo jóvenes y hermosos. Flacos y altos. Lacios y despeinados.
Así quisiera que empezara mi historia. Pero ya estoy vieja. Me cuesta dejar el abrigo de casa y ya no necesito un parque para que me toquen, para bajar la arrechura. Tengo una casa, una cama y sábanas suaves. No tengo quien quiera tocarme.
Tenía el cabello lacio. Ya no. Ojalá me hubieran advertido que con la edad todo cambiaba. Me hubiera dejado de criticar tanto frente al espejo. El cabello se ondea, te lo estiras con una plancha. La barriga crece, la piel se marchita. Uno ya no siente nada cuando recuerda la última vez que tuvo sexo. Cuando andaba despeinada y usaba la misma ropa casi siempre, la falda larga de flores, la camiseta blanca de hilo, se me hacía un hueco en el pecho cuando recordaba su pene y sus ganas. Cuándo me preguntaba si la humedad era mía, suya o de los dos. Cuando tirar en la parte de atrás de su carro era la cosa más buena.
Hoy quise salir al parque a pesar del frío. El césped luce verde y parejito, los arbustos están perfectamente recortados. Hay un espacio con arena para que los perros hagan su mierda. Cuándo me escondía con M entre las matas crecidas, descuidadas, espinosas, el lugar era básicamente un terral. Yo le decía a mi madre que practicaba vóley después del cole para justificar la suciedad de mi ropa, especialmente del pantalón de buzo azul que era la prenda más fácil de deslizar.
Me siento en una banca y enciendo un cigarrillo, tranquila, no tengo a quien rendirle cuentas. Traje una lata de chela, ahora las tengo siempre en la refri, ya no tomo ron. Bebo, me refresco y recuerdo la sonrisa de M. Ubico el arbusto más gordo, tiene forma de oso y me escondo atrás. Con una ramita, empiezo a escarbar la tierra. Hago un hueco poco profundo, decido utilizar mis dedos. Mejor las manos. Sigo escarbando. Tengo las uñas negras, siento calor. De cuando en cuando me detengo para ver si alguien me observa. El lugar está desierto. Sigo escavando. De chica escuché que si cavaba un hueco suficientemente hondo, llegaría a la china. O tal vez me vuelvo Alicia y llego al país de las maravillas. Voy encontrando piedras, las tiro a un lado, mi hoyo esta profundo y húmedo. No quiero llegar a la China ni encontrarme con conejos. Quiero encontrar el ridículo anillo que me dio M un día, cuando dijo que estaríamos juntos para siempre. Lo lancé al terral. Antes de que me acostara con su mejor amigo. Mucha tierra, abonos, semillas, chibolos arrechos, alcaldes, garúas y lunas han pasado. Un silbido me saca del trance. Serenazgo. Me levanto y corro ligera, como cuando era joven y hermosa. Lacia y alta. Cómo si me llevara la energía sideral de un buen porro. Me como la mugre de entre mis uñas mientras huyo. Y me rio.



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