domingo, diciembre 14, 2014

Después que el sol ha caído

 

“Bueno, vamos a suponer que es verdad, que sin mí no habría color, no habría luz tampoco. Pero acepta que sin ti, no habría música, ninguna melodía habría sido jamás tocada, ni escrita en mi cerebro. Nunca brillaría, como en sus brazos resplandezco, pensando en ti.”

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__ ¿Y qué hay arriba?

__ ¿Quieres ver?… Se ve toditito, hasta tu casa.

­__Mentiroso.

__Vamos, te enseño.

Subimos las escaleras hacía la azotea. Me tomas de la mano y me pides avanzar con cuidado. Está oscuro, adviertes. Me atemoriza que el último tramo no tenga baranda. Al llegar, distingo un tendal con algunas prendas colgadas y creo que ladrillos, desparramados. Nos acercamos al borde del cuadrilátero, a una especie de muro que hace las veces de balcón. Sí, puedo ver el parque entero y muy chiquitita, mi casa. Me llevo la mano a la frente. Me preguntas que sucede y te contesto que fue un ligero mareo. ¿Bajamos entonces?, consultas. Te digo que no. Entonces ven, me dices mientras me diriges a la pequeña zona techada en la esquina interior. Hay un caño. Lo abres, te mojas las manos y las pasas por mi frente, sigues por mi cabeza hasta mi nuca. Junto a tus manos y el aire frio, esa humedad me alivia. Te pido sentarnos. ¿En el suelo?, dudas... ¿Y si traes esa sábana?, sugiero, mientras señalo el lienzo que se mece junto a un par de camisas que no parecen de tu talla.

Doblas el lienzo en dos y lo tiendes en el piso. Nos sentamos, uno al lado del otro. Es nuestro pequeño refugio, un picnic nocturno, sin comida. Me abrazas. Menciono que quisiera recostarme e inmediatamente te sacas la casaca y en un par de movimientos de mago la conviertes en una almohada, que sostienes, hasta que descanso mi cabeza sobre ella. Cierro los ojos. Te percibo muy cerca y me besas. Me besas brevemente. Abro los ojos para descubrir que sonríes. Yo lo hago también. ¿Te duele?, esto puro cemento y la sábana es delgadita, me cuestionas, tocando nuestro improvisado colchón. Yo te contesto tirando hacia arriba de tu polo. Entonces, te agachas y abres el botón de mi pantalón, deslizas el cierre. Nada nos detiene. Somos invencibles. Hacemos el amor con los ojos abiertos, desnudos, en la azotea de tu casa. Arriba está el universo entero. Somos parte de un rompecabezas perfecto. Y sobrevivimos, para que yo pueda contarlo.

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¿Qué no tienes esto?, pregunta mientras remanga su polo de manga larga y con esfuerzo me señala la pequeña protuberancia que dejó la vacuna infantil.

No se ha dado cuenta que por no saber de qué hablarle, hace rato que le estoy diciendo cualquier cosa. Que lo mismo que señalo que no me inmunizaron contra la tuberculosis, podría comentarle también que me da miedo nadar cuando no hay piso o que no me gustan las cebollas cocidas, o en general, cualquier tipo de textura aguachenta. Me gustan las cosas firmes, como los músculos marcados en el brazo que me muestra y que desatan la pérdida de la ilación en mis ideas.

Me siento más torpe que nunca, tratando de seguir una conversación que no sé de qué va. Algo debe molestarle, arquea las cejas y su voz se hace más grave. Calla, como esperando respuesta. Le contesto que, si pues, entiendo, y lo observo seria, a la vez que les pido a los espíritus del deseo que me ayuden a atinar, a cambio de perdonarles su visita inapropiada.

Sin dejarlo replicar, le pregunto si no le queda alguna duda, porque se hace tarde. Contesta que sí y me toma la cara con sus manos. Nos reunimos tres veces en la semana para sus clases de inglés, que deberían durar dos horas, pero que casi siempre se convierten en tres. Es un estudiante correcto, esforzado y curioso. Es hablador y su voz, me turba. No es un niño. Ese brazo con cicatriz de vacuna no es de niño, menos lo son sus manos o su boca.

Se siente el sonido de la cerradura. La madre llega del trabajo.

Debo partir.

Good bye…don´t let the bedbugs bite.

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