jueves, agosto 07, 2014

Nido de serpientes

Supongo que le puede pasar a cualquiera, tal vez es lo común para muchos, pero a mí, nunca me había sucedido. Eso de perder el trabajo de la vida, quedarte sin chamba por meses y cuando finalmente logras conseguir algo nuevo, entrar a un nido de serpientes a consumirte la existencia. Lo juro, eso no era gente, eran animales rastreros.

Siempre que empiezo un nuevo trabajo me gusta ponerme bonita y dar una buena impresión, los zapatos de taco impecables, los pelos bien cepillados, el maquillaje suave pero salvador, la ropa que no muestre nada de más, pero que favorezca. No siempre he logrado mi cometido, sin embargo, porque por ejemplo, una vez en mi primer día, salí tarde de casa y me olvidé de maquillarme. Pensé hacerlo en el micro y cuando por fin conseguí asiento, me di cuenta que no tenía mi neceser. Esa mañana entré a chambear con cara de Munra el Inmortal, pero bueno, esa no es la historia.

Entonces llego temprano y muy presentable al nuevo centro de labores. Me identifico en la recepción y a los minutos sale mi flamante jefe sonriente a darme la bienvenida. La verdad es que durante el corto tiempo que estuve esperando, algo no se sentía del todo bien. Me explico, el recibidor era amplio pero el único sillón, de cuero negro falso, era sumamente incómodo, bajo y tan hundido que al sentarte acababas con las rodillas queriendo golpearte el pecho. No habían plantitas, ni siquiera falsas, tampoco mesa de centro con revistas viejas o nuevas. Igual, traté de no ser prejuiciosa y pensar positivamente en la inmortalidad del mosquito.

Bajar a la que sería mi oficina, fue más desafiante. Se trataba de un sótano que no recibía luz natural. Las paredes grises, igual que la alfombra y los cubículos. En ese momento no lo percibí con tanta claridad como los días que siguieron, pero las personas también eran grises. Yo solamente sonreía cuando me presentaban y trataba de mirar lo bueno del asunto, ¡ya tenía chamba!.

Cuando pregunté a cada uno de mis compañeros si almorzaban en la cafetería de la empresa y absolutamente todos me dijeron no, para luego de media hora pararse juntos con rumbo a ésta y dejarme sola, debí reconocer que algo estaba mal, pero los disculpe en silencio con la idea de que alguien nuevo intimidaba y que no tardarían en cuenta de que yo era buena gente y me aceptarían. ¡Si, claro que sí!

Me iban haciendo pequeñas maldades cada día, como darme datos falsos, burlarse de mi ropa o no pasarme las llamadas, mirarme mal cuando salía a tiempo, ya que esa gente amaba quedarse dos o tres horas más tarde de la salida. Mi gastritis se elevó a la máxima potencia de tanto renegar en la oficina y empecé a perder peso rápidamente, lo cual alentó a Manuela, la más gris de mis colegas, a preguntarme si tenía algún desorden alimenticio, pero no con preocupación, sino como burla. __Asu, como se te cae el pantalón, ¿Eres anoréxica?, chilló un día. Todo aquello, la oscuridad del sótano y la desesperación por no encontrar otra cosa, empezaron a enloquecerme.

Una hora después de un almuerzo de trabajo al que tuve que asistir con mi compañera la grisácea mayor, su jefa y el administrador de una compañía con la que haríamos negocios, sonó mi teléfono, debía subir a ver al dueño. Al colgar me invadió un fastidio. No era que hubiera comido mucho, sino que los alimentos me caían muy mal cuando tenía que compartirlos con alguien de este entorno. Ese almuerzo en particular, había sido sumamente desagradable. Mis colegas habían estado odiosamente salameras con este empresario con el que firmaríamos un contrato y el tipo éste, un gordo sudoroso, de lentes metálicos cuadrados y canas trinchudas, no había dejado de mirarme los senos. Para recontra rematarla, al salir el hombre me tomó del brazo y me dijo que le gustaría que yo fuera quien le llevará los documentos para la firma la próxima semana. Yo le contesté que no era conserje, sino ejecutiva de Relaciones Publicas. Juraría que el sudor se le congeló al grasiento, Julián Pacheco se llamaba.

Subí no muy contenta a ver al dueño y cuando entré a su oficina me pidió cerrar la puerta, cosa que por lo menos conmigo, nunca hacía. Parecía molesto y empezó a hablar inmediatamente sin ofrecerme siquiera asiento.

__Me han contado que el almuerzo con Pacheco no fue de lo mejor. ¿Tú que crees?

__Que raro, yo lo vi contento y muy cómodo con las chicas, se notaba la camaradería entre ellos.

__Pero a mí me han dicho que tú lo incomodaste. Que despotricaste contra los medios online sabiendo que él tiene una web de noticias. Que el trataba de ser amable contigo y tu ni le contestabas.

__No es así, yo estaba muda y muy incómoda porque el tipo me miraba los senos descaradamente.

__Por favor Cecilia, Julián es un tipo honorable, padre de familia, amigo de esta empresa. Tú en cambio has venido a desunir al personal, no se sienten cómodos contigo. Me dicen que te vistes muy provocativamente, que te niegas a departir con ellos en los almuerzos y reuniones, que siempre te excusas de participar en los cumpleaños, que te enfermas mucho ¡y que te retiras demasiado temprano!

Se hizo un silencio incómodo y fue aquí donde perdí la cabeza.

__Muy bien Germán, ¡entonces vas a decirme que a ti tampoco te llaman la atención mis tetas! Y procedí a tirar para abajo del discreto escote redondo de mi vestido. El hombre se quedó mudo, con una mirada tan asustada que me dio lástima. Igual no tuve piedad, me acerqué y lo besé en la boca. Sentí claramente que el no sólo correspondía con ansías sino que quería más, entonces me separé de su lado, lo miré de pies a cabeza y ya no me dio ni pena. Le sonreí y hasta ahí me alcanzó el valor. Salí corriendo hacia mi pequeño cubículo, descolgué las fotos de mi hijo y mi novio y las metí en mi cartera, entré a mi carpeta de “chamba” en la computadora y le di borrar. Nadie se atrevía a preguntarme nada pero sentía sus miradas. Cuando agarraba mi chompa, sonó mi anexo y en la pantalla se leía Recursos Humanos. No contesté y partí rumbo a la calle. Era de día, el sol estaba fuerte, no lo había sentido así en varios meses. Sabía que nunca más tendría que volver. Me prometí a mí misma confesarme.

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