jueves, agosto 14, 2014

Requisito Indispensable

Me falta ser más maldita,

Soy muy nice,

Digo chachán, súper y gracias

Y tanta sonrisa

en verdad cae mal.

 

Digo teta y digo poto

Pero no me sale tan genial

¿Si te pido sumergirte

en mi más profundo rincón,

y que me cabalgues sin piedad?.

 

¿Y si lo hago,

con suma serenidad

y circunstancia,

mirada al horizonte

Y los ojos rojos de tanta buena yerba santa…

 

Te parecería entonces

talento de verdad?.

martes, agosto 12, 2014

Robin Williams, los poetas muertos, la vocación

No sé bien cómo va a salir esto, pero tengo que escribir. Acá no importa además, que tan buena escritora puedo ser, sólo interesa que lo soy: ¨Lanzo mi alarido por los tejados del mundo¨. Lo soy aunque no tenga todo el talento del mundo y me tropiece, al igual que cuando hablo, escribiendo, aunque tenga 37 y recién me la esté creyendo, aunque a veces me caiga de sueño ante mi pantalla porque estoy cansada de hacer las cosas que todo adulto de clase media, responsable además de otras pequeñas vidas, tiene que hacer. Lo soy, porque a veces después de escribir mucho en la mente, viene la magia a mis dedos y puedo entregarles una historia. A ustedes, mi invisibles e indispensables lectores.

Esto es sobre mí, pero a la vez, no sólo sobre mí. En el contexto de unos días particularmente fuertes, emocionales, vengo a enterarme de la muerte de uno de mis actores favoritos… ¿A quién engaño?, MI favorito, Robin Williams. Cuando escucho su nombre, inmediatamente vienen a mi mente las imágenes de Mr. Keating, sus alumnos despidiéndose de él parados sobre sus carpetas, el sueño de una noche de verano, el carpe diem, seize the day, las páginas arrancadas de los libros inútiles, mis 17 años cuando vi La sociedad de los poetas muertos por segunda vez, que fue como si fuera la primera, porque sentí que el maestro me hablaba a mí, directamente, y desde entonces, tímida y metafóricamente, empecé a erguirme sobre mesas, no sólo venciendo el temor de ser algo diferente, sino porque desde arriba el mundo se ve también de otra manera. Neil Perry quería ser actor con todo su corazón, encontró con Mr. Keating el valor que necesitaba y se atrevió. Yo quería ser escritora, me estoy atreviendo. Y tú?, corre por lo que quieres, qué estás esperando?)

Dicen que Robin Williams se suicidó y me duele. Siento como que lo conociera y me hubiera gustado decirle, hey, estamos acá, hay un montón de gente a la que has inspirado, vamos a conversar, como te ayudamos...es irreal, pero así lo sentí. Creo que el tema con todo artista, persona talentosa, es que es muy sensible, todo lo siente y las cosas le duelen más también.

No sé si los demás estén de acuerdo conmigo, pero creo que para un artista es muy importante la reafirmación, la validación que pueda otorgárseles, porque finalmente, ¿no es con los demás con quienes compartimos el arte? En la vida cotidiana, a mi realmente no me interesa mucho lo que piensen los demás sobre mi o mis acciones, pero en la vida etérea de mis letras, si me importa. Cada vez que alguien me cuenta que leyó algo mío y lo hizo sentir algo, miedo, risa, pena, o se quedó con ganas de más, es para mí reafirmación de que mi trabajo no ha sido en vano. Por el contrario, cada vez que alguien no entendió lo que quise decir, se aburrió o simplemente le resulto soso y prescindible, siento desazón, algo de tristeza. Es cierto que luego vienen las ganas de seguir intentando, porque es también a través de la escritura que me siento viva. Y amo vivir. Aunque a veces siento que hay cosas que si pesan mucho.

Robin Williams decidió que el ya no quería más. Más de qué, sólo él lo sabe. Yo creo en Dios, entonces desde mi perspectiva le deseo paz a su alma. Y le doy las gracias.

 

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O CAPTAIN! my Captain! our fearful trip is done;
The ship has weather'd every rack, the prize we sought is won;
The port is near, the bells I hear, the people all exulting,
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring:
But O heart! heart! heart!
O the bleeding drops of red,
Where on the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.


O Captain! my Captain! rise up and hear the bells;
Rise up--for you the flag is flung--for you the bugle trills; 10
For you bouquets and ribbon'd wreaths--for you the shores a-crowding;
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning;
Here Captain! dear father!
This arm beneath your head;
It is some dream that on the deck,
You've fallen cold and dead.

My Captain does not answer, his lips are pale and still;
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will;
The ship is anchor'd safe and sound, its voyage closed and done;
From fearful trip, the victor ship, comes in with object won; 20
Exult, O shores, and ring, O bells!
But I, with mournful tread,
Walk the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

(Walt Whitman)

jueves, agosto 07, 2014

Nido de serpientes

Supongo que le puede pasar a cualquiera, tal vez es lo común para muchos, pero a mí, nunca me había sucedido. Eso de perder el trabajo de la vida, quedarte sin chamba por meses y cuando finalmente logras conseguir algo nuevo, entrar a un nido de serpientes a consumirte la existencia. Lo juro, eso no era gente, eran animales rastreros.

Siempre que empiezo un nuevo trabajo me gusta ponerme bonita y dar una buena impresión, los zapatos de taco impecables, los pelos bien cepillados, el maquillaje suave pero salvador, la ropa que no muestre nada de más, pero que favorezca. No siempre he logrado mi cometido, sin embargo, porque por ejemplo, una vez en mi primer día, salí tarde de casa y me olvidé de maquillarme. Pensé hacerlo en el micro y cuando por fin conseguí asiento, me di cuenta que no tenía mi neceser. Esa mañana entré a chambear con cara de Munra el Inmortal, pero bueno, esa no es la historia.

Entonces llego temprano y muy presentable al nuevo centro de labores. Me identifico en la recepción y a los minutos sale mi flamante jefe sonriente a darme la bienvenida. La verdad es que durante el corto tiempo que estuve esperando, algo no se sentía del todo bien. Me explico, el recibidor era amplio pero el único sillón, de cuero negro falso, era sumamente incómodo, bajo y tan hundido que al sentarte acababas con las rodillas queriendo golpearte el pecho. No habían plantitas, ni siquiera falsas, tampoco mesa de centro con revistas viejas o nuevas. Igual, traté de no ser prejuiciosa y pensar positivamente en la inmortalidad del mosquito.

Bajar a la que sería mi oficina, fue más desafiante. Se trataba de un sótano que no recibía luz natural. Las paredes grises, igual que la alfombra y los cubículos. En ese momento no lo percibí con tanta claridad como los días que siguieron, pero las personas también eran grises. Yo solamente sonreía cuando me presentaban y trataba de mirar lo bueno del asunto, ¡ya tenía chamba!.

Cuando pregunté a cada uno de mis compañeros si almorzaban en la cafetería de la empresa y absolutamente todos me dijeron no, para luego de media hora pararse juntos con rumbo a ésta y dejarme sola, debí reconocer que algo estaba mal, pero los disculpe en silencio con la idea de que alguien nuevo intimidaba y que no tardarían en cuenta de que yo era buena gente y me aceptarían. ¡Si, claro que sí!

Me iban haciendo pequeñas maldades cada día, como darme datos falsos, burlarse de mi ropa o no pasarme las llamadas, mirarme mal cuando salía a tiempo, ya que esa gente amaba quedarse dos o tres horas más tarde de la salida. Mi gastritis se elevó a la máxima potencia de tanto renegar en la oficina y empecé a perder peso rápidamente, lo cual alentó a Manuela, la más gris de mis colegas, a preguntarme si tenía algún desorden alimenticio, pero no con preocupación, sino como burla. __Asu, como se te cae el pantalón, ¿Eres anoréxica?, chilló un día. Todo aquello, la oscuridad del sótano y la desesperación por no encontrar otra cosa, empezaron a enloquecerme.

Una hora después de un almuerzo de trabajo al que tuve que asistir con mi compañera la grisácea mayor, su jefa y el administrador de una compañía con la que haríamos negocios, sonó mi teléfono, debía subir a ver al dueño. Al colgar me invadió un fastidio. No era que hubiera comido mucho, sino que los alimentos me caían muy mal cuando tenía que compartirlos con alguien de este entorno. Ese almuerzo en particular, había sido sumamente desagradable. Mis colegas habían estado odiosamente salameras con este empresario con el que firmaríamos un contrato y el tipo éste, un gordo sudoroso, de lentes metálicos cuadrados y canas trinchudas, no había dejado de mirarme los senos. Para recontra rematarla, al salir el hombre me tomó del brazo y me dijo que le gustaría que yo fuera quien le llevará los documentos para la firma la próxima semana. Yo le contesté que no era conserje, sino ejecutiva de Relaciones Publicas. Juraría que el sudor se le congeló al grasiento, Julián Pacheco se llamaba.

Subí no muy contenta a ver al dueño y cuando entré a su oficina me pidió cerrar la puerta, cosa que por lo menos conmigo, nunca hacía. Parecía molesto y empezó a hablar inmediatamente sin ofrecerme siquiera asiento.

__Me han contado que el almuerzo con Pacheco no fue de lo mejor. ¿Tú que crees?

__Que raro, yo lo vi contento y muy cómodo con las chicas, se notaba la camaradería entre ellos.

__Pero a mí me han dicho que tú lo incomodaste. Que despotricaste contra los medios online sabiendo que él tiene una web de noticias. Que el trataba de ser amable contigo y tu ni le contestabas.

__No es así, yo estaba muda y muy incómoda porque el tipo me miraba los senos descaradamente.

__Por favor Cecilia, Julián es un tipo honorable, padre de familia, amigo de esta empresa. Tú en cambio has venido a desunir al personal, no se sienten cómodos contigo. Me dicen que te vistes muy provocativamente, que te niegas a departir con ellos en los almuerzos y reuniones, que siempre te excusas de participar en los cumpleaños, que te enfermas mucho ¡y que te retiras demasiado temprano!

Se hizo un silencio incómodo y fue aquí donde perdí la cabeza.

__Muy bien Germán, ¡entonces vas a decirme que a ti tampoco te llaman la atención mis tetas! Y procedí a tirar para abajo del discreto escote redondo de mi vestido. El hombre se quedó mudo, con una mirada tan asustada que me dio lástima. Igual no tuve piedad, me acerqué y lo besé en la boca. Sentí claramente que el no sólo correspondía con ansías sino que quería más, entonces me separé de su lado, lo miré de pies a cabeza y ya no me dio ni pena. Le sonreí y hasta ahí me alcanzó el valor. Salí corriendo hacia mi pequeño cubículo, descolgué las fotos de mi hijo y mi novio y las metí en mi cartera, entré a mi carpeta de “chamba” en la computadora y le di borrar. Nadie se atrevía a preguntarme nada pero sentía sus miradas. Cuando agarraba mi chompa, sonó mi anexo y en la pantalla se leía Recursos Humanos. No contesté y partí rumbo a la calle. Era de día, el sol estaba fuerte, no lo había sentido así en varios meses. Sabía que nunca más tendría que volver. Me prometí a mí misma confesarme.