jueves, junio 05, 2014

El enigma del hedor del primer piso

El olor es tan fuerte y nauseabundo que no puedo pasarlo por alto. Tengo que comentarlo con alguien pero no sé si decírselo a Sara, mi amiga con quien me reúno todos los días para caminar. Esto de vivir sola a veces puede ser tan estresante. ¿Deberé llamar a la policía? ¿Tocar la puerta de mi vecina? ¿Investigar por mi cuenta?.

He llegado anoche a mi departamento de este tranquilo pueblo montañoso, luego de tomarme unos buenos vinos. Nada como una noche de buena plática para olvidar esta horrible semana. Al abrir la puerta de casa he sentido un aroma que me ha ofendido. También he sentido vergüenza de mi misma, porque no recuerdo si he sacado la basura. De repente, el tacho está lleno y los restos de carne se han fermentado ¡qué asco! ¡Ay, sería tan lindo que alguien me ayudara con estas tareas tan poco glamorosas! Pero ni modo, a sacar la basura se ha dicho.

Mi vecina es una anciana siniestra. Tiene el pelo blanco y camina lentito, lo cual podría producir cierta ternura, pero esas características de ella son en verdad, una patraña. La mujer no habla con nadie, vive sola, nunca la he visto recibir visitantes. No sale de su casa más que a fumar cada dos horas en su balcón, que está debajo del mío (y me tengo que tragar su pestilente humo). Debe detestar a las latinas sangre de fuego como yo, porque siempre me mira con cólera y odiar a los animales, especialmente a mi buena Bella, a quien observa con terror cuando pasamos cerca, para luego huir musitando conjuros que no puedo entender.

Justamente, hace un par de semanas, sentí movimientos abajo y tuve que mirar. Eran los bomberos llevándose a la vieja. La sacaban a paso ligero, en camilla. Me asusté y pensé que estaba grave. Al pasar por su departamento cada noche y ver las luces apagadas, llegué a creer que a lo mejor ya había pasado a mejor vida, pero de pronto, una tarde, he sentido el asqueroso humo de su cigarrillo subir y me he alegrado de saber que ha sobrevivido. No me gustaría vivir encima de la casa de un muertito.

Al salir a caminar esta mañana, he sentido el hedor misterioso más fuerte que anoche. Mi basura no es, he pensado y mientras cavilaba respecto a lo que debía hacer, Sara ha aparecido y entonces le he preguntado de una vez si acaso no lo siente. La he llevado cerca de la puerta de la anciana y tras un momento de concentración me ha dicho, Esto huele a azufre, a muerte, y yo le he creído. Ella conoce bien estos asuntos, especialmente porque tuvo que encargarse de descolgar a su hijo que se suicidó ahorcándose hace unos años atrás.

De pronto, recuerdo que hace unas noches, soñé con dientes. Que tenía muchos dientes blancos en mis manos. Los sueños con dientes significan muerte, me dijo una chica del colegio de monjas, alguna vez.

Son demasiadas coincidencias, los dientes, el olor, la sabiduría de Sara, así es que hay que tomar acción inmediatamente. Llamo desde mi teléfono móvil al encargado de mantenimiento del condominio, quien se presenta a los cinco minutos. Es un hombrecito bajito, bueno y coloradísimo, que me mira incrédulo mientras le cuento la historia de la fetidez y lo llevo casi en vilo al exacto lugar de donde proviene el repulsivo aroma. Yo creo que mi vecina tuvo una recaída y se ha muerto hace varios días, pero el señor insiste en que debemos identificar claramente de donde proviene el olor, antes de hacer algo más, y empieza a olisquear y observar lentamente todo el lugar. ¡La bendita flema anglosajona!. Yo ya quiero llamar a la policía y que se lleven el cadáver de una vez.

De pronto, el buen hombre, más rojo que nunca, me pide que me acerque, que la pestilencia viene de uno de los tubos por donde discurre del agua de las lluvias, justamente de la que cruza el departamento de la abuela sulfúrica. Sí, huele a difunto, ya lo vi, me dice. Y me pide que me vaya a casa, que él se encargará de sacar el cadáver de la ardilla muerta.

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